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Recuerdo a Javier Egea en la barra del Bar Bernardo, en la perpendicular de su calle del Zaidín -cuando el Bernardo estaba allí y era la más famosa peña ciclista del barrio-, ya pontificando a los parroquianos, tomándonos una caña, preguntándonos por qué se corría el Tour si se sabía que ganaría Induráin, o elogiando la cabeza alopécica de Dertiycia, aquel delantero del Cádiz que solía marcar en el último minuto del último partido de Liga para salvar al equipo del descenso. Éramos del Cádiz y de Cádiz.Solíamos a veces abandonar el Bar Bernardo y adentrarnos en el barrio, en un delicioso via crucis por lo más granado de las tabernas. Allí lo mismo me aficionaba a Las Habitaciones de Louis Aragon o analizábamos un corto de Chaplin, que me contaba –como sólo él sabía hacerlo- el repertorio de las mejores anécdotas de sus estancias, de las que hacía tiempo ya, en el Hospital de la Virgen, el único manicomio de la ciudad, donde por entonces se revolvían personas con peculiaridades síquicas y simples alcohólicos. Allí era donde la perplejidad le asaltaba cuando veía a una de las internas fregar los suelos, pero hacia delante. O donde se interrumpía el almuerzo a albondigazos. Allí, donde el café que algún residente traía del bar frente al manicomio distinguía definitvamente a los locos de los alcohólicos. Él cometió la ingenuidad de pedirlo solo. Hasta que se enteró de que había que pedirlo cortado, pues se cortaba con coñac. Y allí fue donde cometió su mayor hazaña, cuando fue ingresado un técnico electrónico, y Javier lo convenció de visitar a uno de los internos, que tenía una radio antigua en su habitación por la que decía oír voces misteriosas y arengas de Queipo de Llano. Hasta la habitación llevó Javier a una patulea de locos para ver el milagro de la electrónica. Por algún motivo debieron ingresar al técnico, indiscutiblemente, cuando al meter mano con el destornillador al aparato éste empezó a echar chispas y estando a pique de incendiarse, comenzó a gritar el dueño de la radio ¡Funciona!, ¡Funciona!, ¡Funciona!En la barra de La Tertulia le serví muchos cortados –pero de descafeinado y cortado con leche. Sólo leche-. Y él me sirvió muchas lecciones. Si le acompañaba Enrique Vázquez, las lecciones se convertían en magistrales y me explicaban, yo en mis veinte años, que para deconstruir Las Meninas como hizo Picasso, era preciso primero saber pintar Las Meninas como lo hizo Velázquez. Y que me lo aplicase a la poesía, sin falta.

En La Tertulia ya no están ni Enrique, ni él. Como tampoco están María José, ni Esteban. Se cumple así una selección natural al revés, que termina por dejar aquí a los que no son mejores.

Una tarde de noviembre, hace hoy exactamente quince años, nos fuimos al Auditorio, para escuchar a Victoria de los Ángeles cantar las Siete Canciones Españolas de Manuel de Falla y lasCanciones Negras de Montsalvatge. Las de Montsalvatge eran las que nos interesaban, con aquella Cuba dentro de un piano de Alberti: Cuando mi madre llevaba un sorbete de fresa por sombrero/y el humo de los barcos aun era humo de habanero… A la salida nos encontramos con Ana Munaín (que también se nos fue). Ella quería conocerlo y él estaba interesado por aquella chica de rasgos orientales pero con acento vasco. Es sabido que Javier padecía de curiosidad infinita. Los tres rondamos la noche por el barrio del Realejo. Conversamos varios bares y Ana nos dejó a la deriva de madrugada. A las tantas apareceríamos por aquella puerta del fondo. Y cerraríamos el bar. Y aquí, en vez de contarme otra vez cómo aquella radio dio por fin el discurso encendido de Queipo de Llano, me dijo que el sentido de su vida, que su mundo, era escribir. Y que hacía tiempo que eso no sucedía. Y al final me preguntó si yo era capaz de distinguir entre el mundo y la vida. Y me lo sigo preguntando.

Alfonso Salazar. La Tertulia. 20 de noviembre 2009
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