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Entre la mies recién cortada, como un náufrago,
he llegado hasta aquí, Miguel y solitario,
perseguido de todos los espejos del frío,
trovador de la escarcha, viajero en la ceniza.

Es un frío inhumano, es un dolor antiguo
éste que surge aquí, delante de mis ojos,
como una bruma larga que arropara este campo
sobre el que se perfilan los cipreses atentos.

Atrás quedó mi casa, dejé la llave puesta,
las ventanas en vuelo, por si alguna bandada
que perdiera su norte quisiera refugiarse
entre un resto de vino y algunos libros viejos.

Y entre acequias y trigos sólo sé que he de irme,
sé que tengo los ojos ateridos, inertes,
en medio de esta vega donde es verde la vida
y en oleadas verdes el maíz se me ofrece.

En hileras fantasmas las torres de la luz
metálicas, insomnes, van extendiendo el frío.
Junto al muro en ruinas las palmeras emergen.
Está el tabaco en flor, sus manos me reclaman.

No es de ahora esta luz. No son nuevos los aires
que me salen al paso pues en ellos nací
y así me reconozco entre tocones tristes
y el muñón de las cepas como un grito abortado.

No es de ahora esta luz. Es de siempre y tirita
como un niño perdido. Pero quién lo diría,
quién dejara la casa para oír cómo llega,
cómo silba en la curva, cómo quiebra la tarde.

Para seguir viviendo he dejado mi nombre
sobre papeles grises y palabras vacías.
Aquí, de pie, viajero, me abrazo a las estrellas
en el último gesto, prisionero del cielo.

Porque todos los campos sueñan un tren perdido
que amenaza en la tarde y trepida y los hiende.
Raíles donde tiendo mi soledad de siglos
que es un grito en mis ojos y es de siempre y de todos.

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