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Será que no tenías donde dejar la baba
y el orín de la espuela,
el salivario del amanecer,
el paso de la bestia sino en tu propio pueblo.

Será que madrugabas
derramando la olla por el suelo,
arrasándolo todo.

Será que preparabas
para la Casa Blanca la pirueta rota,
el salto de la muerte.

Dictador de la sangre,
autómata temprano,
elefante varado:
Sobre la historia pongo mi palabra
y en tu pañuelo escupo,
desde el Sur te condeno a las letrinas,
de vómitos podridos te corono,
lanzo un siglo de pus sobre tu cara.

Que en tus ojos fermente la basura del mundo.

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