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La llaman Sherezade. A la desmemoriada
que ha salido del lago, a la que lleva un diente
de oro entre los pechos, a la que de repente
mira el reloj y siente que cada campanada

da una vuelta de llave a la esquina rosada
donde brilla la verja del laberinto. Siente
que ya no parpadea la nítida serpiente
de neón. Y la larga, lentísima zancada

de la noche la cubre con un chal de rocío
en el que está bordada la rosa de los vientos.
Mira el reloj de nuevo. Y es de nuevo el estrago

que le cruza la espalda como un escalofrío.
La llaman Sherezade. Ha olvidado los cuentos.
Sabe que los llevaba cuando salió del lago.

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